Ya se escucha el pitido redondeado metalico silvante de la moneda que me indica que esta el aparatico de mano apunto de interrumpir el desenvolvimiento de mi ya por un buen tiempo escondida inspiración. Ageno me encuentro entonces, a las ganas de laborar, aunque con la energía para terminar ese par de proyectos y cerrar el mes, si quiero, o continuar un poco despues, quizas, entre mis planes se encuentran esos deseos de atacar la cancha, el sendero y el mar, pisar el pedal afondo y perderme al norte o al este a ver si vuelvo a aquel pueblo que pronto ya se ha ganado un pedazo bueno de mi afecto. De ese, es preciso y dejando de lado el fuego deportivo que vuelve a encenderse en mí, de ese preciso pueblo les iba a hablar, y como el fresco de sus mañana neblinosas e inundadas del olor meloso del fruto de los panales, miel deliciosa, entre otras cosas, que con buena mano me reavivaron el espiritu por meses dormido.
A la dama soledad, ni le pude encontrar, en ese paraje de carreteras vertiginosas donde uno ni sentía el hecho de estar despertandose temprano, el sol no picaba ni por un mero atisbo de casualidad, aunque si lo habia, pero el bueno suficiente para cojer color y ver mejor, si se quiere. Este, como muchos pueblos agricultores es de esos sitios que de despiertan de inmediato y cual cachetazo de bagre, aquel sentimiento de vivir en una comunidad donde el grueso de los inviduos con que te topas en un minuto te conocen y a las pocas horas ya te hacen sentir en familia, el calor de los cuerpos libres de las tierras fértiles es sin duda uno de esos que uno no olvida, desde el proceso del apreton de manos hasta la ingesta alcohólica artesanal (infaltable, añado) es un cúmulo de tradiciones ancestrales que uno ya perdió la cuenta de donde pudo venir, tan solo se siguen, para no perder la costumbre, en constante batalla con los modernismos de la gente de hoy, como yo, y el vivo ejemplo del choque de culturas y pasiones encontradas lo encuentras en Miranda en la cara mal afeitada y de sonora carcajada sarcastica de mi amigo Lommatszch, con su impronunciable apellido que uno viene a agradecer que le pusieran Andrés, alevio de no desperdiciar medio litro de saliba con cada vez que uno le atiende al telefono.
Miranda tiene esa cantidad incalculable de sorpresa recurrente -porque uno se las encuentra mil veces y le sigue sorprendiendo la cosa- con la que a uno le gusta toparse para perderse definitivamente, no es quizas, el mejor espacio para querer excederse filosofando, creo, sin querer hidratarle la fiesta a nadie, que es un lugar donde bien se recibe tanto al letrado como al no sapiente, indiferentemente el trato va igualado, y cerveza en mano se van perdiendo los profundos pensamientos, y a uno no le queda otra, se encuentra, puesto entre la espada y la pared, a decantarse por el placer del cuerpo y deja que la fiesta continue, y se pierda uno en ella, alejandose de cualquier tormento del aburrido dia a dia.